CONGO: Travesías Eternas

¡Hola desde el Congo!

Hoy vamos a hablar de viajes pero no de destinos en sí sino de cómo llegar a ellos.

Cuando un país tiene las peores infraestructuras del planeta, se nota. Nosotros aquí nos vemos obligados a viajar de vez en cuando y no siempre disponemos de nuestro propio vehículo. Que si se estropea, que si la inseguridad, que si hay otros problemas… En fin… que el otro día no podíamos ir al lugar que necesitábamos de la forma que queríamos y tocó coger autobuses, coches y otros para llegar a destino.

La idea era llegar a una ciudad en la que disponer de cierta infraestructura para seguir con el proyecto. Comprar materiales, disponer de un internet para hacer algunas cosas, tomarse un refresco frío (¡que donde estamos no hay!), llamar a casa para decirle a nuestras familias cuánto les queremos

Como decía en mi post anterior, yo estoy convencido de que Murphy era congoleño. Os relato el camino de vuelta que es el más reciente porque si cuento ambos ¡no termino!

En el lugar en el que nos quedamos a dormir habíamos acordado que nos dejaran algo de comer a las 5:00am para poder desayunar antes de una travesía épica. ¿Primer problema? Se olvidaron de dejar la puerta abierta del comedor y estuvimos media hora dando vueltas hasta que encontramos otra forma de entrar a tomar un pedazo de pan y un café a toda prisa. Un coche nos esperaba para llevarnos a la estación de autobuses pero cuando llegó la hora de ponerse en marcha, la batería se murió. No se descargó, se murió del todo.

Nos empezaron a caer las gotas de sudor frío porque ¡teníamos que llegar a la estación en unos minutos!

Al final, trajeron la batería de un tractor y se la pusieron no sin antes tener que ir a buscar un montón de herramientas para quitar el sistema antirrobo (de la batería) que tenía el vehículo. Derrapando llegamos a la estación aunque hubo que parar ya que la ventana del conductor se hizo añicos durante el trayecto y entraron cristales por todos lados. Tal cual os lo cuento.

El autobús no es que fuera pequeño, la verdad es que no. Ahí podéis ver la foto. Pero por dentro estaba dispuesto como los antiguos aviones DC-9. Un set de dos asientos y otro de tres (por fila). El de tres era para culitos finos… A mí me toco en el gallinero con dos maromos como yo sentados a mi lado. Yo estaba en el pasillo así que giré las piernas porque, aparte de no tener sitio para mi trasero, las rodillas no me entraban de ninguna manera. Mi sorpresa vino cuando, al girarme, frente a mí había una señora muy voluminosa que también necesitaba girarse para poderse sentar. No quedó otra que encajarnos cual puzzle mirándonos a la cara y aguantándonos los alientacos. Cada vez que la mujer hablaba, a mí se me ponían las cejas de punta y se me inflamaba la campanilla.

Las paradas que hace el autobús son muy breves y la comida que traen los vendedores se acaba rápido. “¡¡Aquél de allí tiene plátanooooos!!” y cuando llegabas ya sólo quedaba el pocho manoseado con mordisco de serie. Aunque otras cosas menos apetecibles siempre suelen estar disponibles así como el agua.

A veces da un poco de vergüenza cuando nos paramos y se baja todo el autobús a hacer pipí y popó… y arrasamos la población. Quizá sea mejor no beber mucha agua siempre (a menos que estés sudando mucho) porque ni sabes cuando va a parar ni si vas a tener tiempo de hacer nada. Es muy normal que el autobús se pare tras reanudar la marcha para esperar a alguien que se ha quedado entre los arbustos con el papel en la mano. Todo el mundo grita cosas como: “¡¡Conductooooorrr!! ¡¡¡que falta la señora que iba delante de mí!!!” o “¡¡Que hay aquí tres niños sólooooss!!”.

El tema de los niños es digno de mención. Cuando entra una madre con los niños en el vehículo y la pobre no tiene ni donde sentarse, todo el mundo se reparte los niños y los cogen en brazos como si fueran suyos para acomodarlos. Yo no he visto eso mucho en nuestras sociedades. Eso sí, si ya éramos tres maromos en tres asientos mínimos y yo pegado a la señora de enfrente, nos cayó uno de los niños y ya no había ninguna posibilidad de movimiento.

A todo esto había que sumarle el calor (viendo como muchos de ellos además llevaban un abrigo de plumas puesto -de los gordos de antes-) y las paradas, por ejemplo, por controles de papeles o la barrera de la lluvia (si llueve no se puede pasar y se acumulan una infinidad de autobuses, camiones, coches, motos… tratando de negociar que les dejen pasar).

Pero bueno, no pasaba nada… ¡sólo eran 19 horas (oficiales) de trayecto! Al caer la noche, avisaron de diversos ataques rebeldes que se habían ido sucediendo a lo largo de la ruta por delante de nosotros así que decidieron parar y hacer noche en un poblacho. Allí encontramos un lugar para dormir aunque la mayoría se quedó en el bus. Parecía aquello, no sé… Ropa tendida, gente tirada, niños llorando, sin luz, un olor intenso… De traca. En el hostalito no nos dejaron compartir habitación porque… dos hombres en una habitación… afectaba a la seguridad según nos dijo el gerente (nos miramos perplejos pensando “¿Pero qué…?”. Así que tocó negociar un descuento y cada unos a la suya.

Fuimos a cenar y queríamos tomarnos una cerveza para darnos cuenta de que nos habíamos metido en el único restaurante musulmán del lugar así que nada de cerveza. Después, unas pocas horas de sueño y, al día siguiente, a las 5:00am, tras desmontar el “poblado” instalado dentro del autobús,  seguimos ruta por otras cinco o seis horas hasta llegar. En total, unas 30 horitas de nada.

Una de las líneas de autobuses que hacen estas rutas se llama “La Vie est un Combat” (La Vida es una lucha). ¡Nunca mejor dicho!

¿Lo mejor? Que pudimos descansar un rato. ¿Lo peor? Que sólo era la mitad del viaje. ¿Y porqué no sigo contando la historia? Porque precisamente nos encontramos en ese momento pero aprovechando que aquí hay cobertura, programaré este post y espero haber llegado cuando lo leáis porque nos quedan infinidad de kilómetros… :)

¡Hasta pronto!

(Perdonad que no ponga más que una foto pero ¡ni tiempo ni “ná de ná”!)

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